miércoles, 14 de julio de 2010

Inéditos veraniegos (III)

Me sumo a estos inéditos veraniegos con un pequeño relato que acabo de sacar de la nevera después de haber cocinado. Ahí va:


ENSALADA DE PATATA.


11 de la mañana.

Amanezco empapado en sudor, pero descansado. Las legañas que se pegan en mis pestañas casi como lapas me recuerdan que estamos en verano.

Salgo de la habitación y veo la puerta de la cocina cerrada. Un olor dulce, como de tierra húmeda, se cuela en mi nariz y puedo escuchar el pitorro de la olla pronto dando vueltas.

Abro la puerta de la cocina.

- Buenos días. – saludo.

- Os he traído churros a ti y a tu primo Alberto. – dice Ana.

- ¿Vas a hacer ensalada de patata para comer?. – respondo preguntando.

- Sí. -confirma mi abuela.

Despacio, como los buenos cocineros, como los que han aprendido de la experiencia de la vida, le veo cortar el pepinillo, el atún, las olivas. Cada ingrediente colocado en su plato correspondiente. Todo está calculado. La mezcla sólo llegará al final.

Desayuno rápido los churros y un vaso frío de Nesquik me conecta instantáneamente al día. Mientras, mi abuela sigue trajinando en la cocina. En silencio, tranquila, calculando el tiempo de cocción de las patatas sin ni siquiera mirar el reloj. La veo sacar del frigorífico un bote de mayonesa y un tetra brik de tomate frito.

Termino el desayuno, y antes de irme a la playa me avisa de que esté de vuelta antes de las 2 para comer.

Regreso puntual a casa después de un baño refrescante.

Alberto se acaba de despertar y está poniendo la mesa. Me cambio el bañador mojado y después los tres nos sentamos a la mesa.

La ensalada de patata, colocada en el centro, tiene un aspecto delicioso. Hay mucha -me digo- así que seguro que también sobrará algo para la cena. El día promete: hoy disfrutaré el doble.

Me sirvo y pruebo el primer bocado. De golpe, el verano se cuela por debajo de mi piel y siento la rutina cálida que acompaña siempre estas fechas: recuerdos de una vida que ya he vivido; un sabor que me sabe a bienvenida. Respiro profundo, miro a los lados: mi abuela sonríe (sabe que nos encanta este plato), mientras mi primo devora su ración. Vuelvo a atacar la ensalada por segunda vez y pienso en la suerte que tengo.


PD: Por cierto, desde mi independencia, hoy me he enfrentado a mi primera ensalada de patata. La he atacado con ilusión, dispuesto a igualar a la de mi abuela Ana, pero sé que es imposible. He improvisado los ingredientes después de cocinar las patatas, y el resultado, como esperaba, ha dejado mucho que desear. Pero da igual, en cuanto he probado el primer bocado he dado por estrenado el verano.


Álvaro Pintado González.



1 comentario:

basiliopc dijo...

Muy divertido el relato, enhorabuena compañero. Un bonito recuerdo a tu abuela Ana (un clásico veraniego) y a tu primo Albeeeerto.